PREGUNTAS HABITUALES

Aquí encontrará respuestas a las preguntas más frecuentes que realizan los familiares, voluntarios y cuidadores de personas en el final de su vida, basándonos en nuestra experiencia de atención hospitalaria y domiciliaria. En algunas respuestas se podrá encontrar un link que ofrece documentación específica.

Comunicación sin palabras. Compartiendo miradas (experiencia de un cuidador)

Para la mayoría de nosotros, pensar en mantener una comunicación fluida con una persona que no puede hablar se nos antojaría, sin lugar a dudas, una tarea imposible. Parece que olvidamos que en la comunicación entre personas no sólo transmitimos ideas a través de la palabra sino también sentimientos, emociones…  Y para ello no son necesarias las palabras.

Cuando te enfrentas por primera vez a una persona a la que no conoces y no puede hablar te surge una duda evidente, que es al mismo tiempo un miedo, un vértigo: ¿cómo me puedo comunicar con esta persona?¿cómo voy a saber lo que quiere, lo que necesita, lo que le gusta o le disgusta?

En realidad, nada de esto tiene importancia. Seguramente estas cuestiones sólo nos preocupan a nosotros como acompañantes, ya que a la persona que acompañas, lo único y lo que más le importa es nuestra compañía, saber que estamos ahí, que no está sola, que otro ser humano está a su lado. Hay que pensar: “si yo estuviera en esta situación qué me gustaría que los demás hicieran por mí”. Así es muy probable que acertemos en una gran parte de ocasiones qué hacer y cómo hacerlo. Pretender acertar siempre no es fácil y además tampoco es necesario. Lo fundamental es que la persona se sienta acogida, sienta que te preocupas por su bienestar.

A todos nos ocurre que tenemos días buenos y días malos. A una persona enferma le ocurre lo mismo. Hay días que parece que captas perfectamente sus necesidades y otros días te da la impresión de que no conectas, no llegas. No hay que desesperar. Quizás al día siguiente esa “conexión de almas” se dé y suponga una enorme satisfacción para ambas partes.

En unas ocasiones sientes que sus ojos te interrogan: “¿Por qué yo? ¿Por qué me ocurre esto? ¿Por qué tanto dolor?”; en otras, su mirada triste y perdida te transmite su desánimo, su cansancio; y también, en medio de la situación terrible que vive la persona, hay momentos en los que aprecias un agradecimiento, un reconocimiento a tu presencia, que te indica que, a pesar de la incertidumbre y la duda que rodea la comunicación y el acompañamiento a estas personas, vas por el buen camino, has acertado con lo que la persona demandaba en esa ocasión y eso hace que sientas una gran alegría.

Las mejores herramientas de las que todos disponemos en nuestro interior para un buen acompañamiento y conseguir una “conexión” son: tiempo, humildad, paciencia y amor.

- Tiempo, porque no pueden existir las prisas; porque lo que la persona nos quiere expresar no lo puede decir en una frase de medio minuto, sino que necesitamos darle tiempo para que con su mirada nos transmita su estado de ánimo o sus necesidades. A través de sus ojos nos transmite su malestar, su agradecimiento, su tristeza, su miedo… Y todos esos sentimientos son fácilmente identificables cuando nos tomamos el tiempo necesario para descubrirlos, para acogerlos. A su vez, es con nuestra mirada como les contestamos que sí, que les entendemos, que estamos ahí para intentar paliar su malestar, recibir su agradecimiento, acompañar su tristeza, aliviar su miedo…
- Humildad, porque en el momento en que estamos junto a ella somos sólo dos seres humanos, dos personas que tratan de comunicarse, una para ayudar, otra para dejarse ayudar (tan difícil una tarea como la otra), que requiere de una gran dosis de humildad por ambas partes.
- Paciencia, para saber esperar al mejor momento de acercamiento, entender los malos ratos, no sucumbir al desaliento, estar simplemente en silencio, aceptar actitudes de reproche o de rechazo.
- Amor, porque todos necesitamos sentirnos queridos desde que nacemos hasta que morimos: dar y recibir amor es lo que nos hace más humanos, más cercanos al dolor y el sufrimiento. Es la razón de ser de nuestra existencia.

Cuando vas penetrando en su mundo, en su espacio, te das cuenta de que a través de la mirada puedes mantener un auténtico diálogo, de persona a persona, de presencia a presencia. Con ello, conseguimos que no se sienta sola, aislada, separada de la vida. Logramos que perciba que tiene otra vida a su lado que está atenta a sus necesidades, sus miedos, su angustia  y su tristeza. Aunque el cuerpo no se mueva, aunque los brazos y las piernas estén inmóviles, aunque las cuerdas vocales no respondan, en los ojos de la persona sigue habiendo luz, sigue vibrando la vida,…  Aunque sólo sea un hilito de vida, podemos conectar con su interior, con su ser más profundo a través de su mirada y compartiendo el silencio provocado por su propia fragilidad en la enfermedad. Esta conexión sin necesidad de palabras es fundamental: sentirse conectado a otro ser humano para seguir conectado a la vida.


Se pueden “decir” tantas cosas sin palabras…  Hay que confiar en nuestra intuición. Al faltar la palabra te basas en el lenguaje no verbal: los gestos, mirada, postura,..  y así intentar saber cómo se encuentra la persona y qué necesidades tiene en ese momento.

Muchas veces el único lazo de unión es la mirada, otras, el tacto: a través de una caricia, un leve masaje o unas manos entrelazadas. La persona nos responderá si es de su agrado o no. Podemos saber que un pequeño masaje es bien recibido por la sensación de sosiego y tranquilidad que te transmite la persona al cerrar lo ojos, abrirlos suavemente y volverlos a cerrar. Al entrelazar sus manos, podemos sentir, a pesar de su falta de fuerzas, el intento sobrehumano que realiza por asir las tuyas y este contacto va mucho más allá que el meramente físico, sientes una conexión interior con otro ser humano que está sufriendo.

Decimos que al final de la vida si no se puede curar, hay que cuidar, aliviar y acompañar el sufrimiento físico, emocional, espiritual. Con nuestras caricias y miradas contribuimos a aliviar ese sufrimiento. Este acompañamiento es valioso para ambas partes: a nosotros nos pone en contacto con la esencia más profunda y auténtica del ser humano, con lo que ello supone de aprendizaje y crecimiento personal y al mismo tiempo, nuestra presencia silenciosa y serena le hace patente a la otra persona que no está sola, que hay otro ser a su lado para acompañarla en todo lo que necesite.

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